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LA CONDICIÓN DEL HOMBRE ANTE UN DIOS SANTO,

Es muy importante entender la situación real del hombre natural, es decir, del hombre sin Cristo.
La gran tragedia del ser humano sin Dios, es la de no conocer su situación real ante Dios.
Por lo general, el hombre sin Dios vive en la vida según su creencia: o bien creyendo que esta vida es todo lo que hay, y que después no hay nada; o bien creyendo los postulados de su religión particular.

“El hombre en sí, es la expresión enfática del egoísmo”
Si nos damos cuenta, el hombre no deja de “creer”; eso es innato en él, puesto que es un ser espiritual. Por tanto, le sería muy beneficioso prestar atención y tomar en cuenta lo que el verdadero Dios ha dicho a través de Su libro, la Biblia.
La Biblia, el libro de Dios, en definitiva dice dos cosas que deberían ser del conocimiento de todos los hombres:

  1. El hombre - en sí - está eternamente condenado (Jn. 3: 19; Ro. 3: 23)
  2. El hombre requiere de la salvación que sólo Dios puede proveer para salir de esa condenación (Jn. 3: 16; Ro. 3: 24)
El hombre natural, es decir, el hombre sin Cristo (1 Corintios 2: 14) está condenado, porque está separado de Dios por causa de su pecado.
El hombre sin Cristo está separado de Dios por el pecado, y su final eterno es el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda (Ap. 21: 8)
Pecado es vivir conforme a la voluntad de uno, sin considerar la voluntad de Dios.
Aunque ese hombre haya vivido una vida sin excesos, comportándose aceptablemente a los ojos de la sociedad en la que está; respetando las leyes naturales y civiles, y buscando su felicidad sin perjuicio de terceros, e incluso haciendo felices a otros en el contexto de un sano altruismo -  todo lo cual en su conjunto sería testimonio más que aceptable según el baremo de este mundo civilizado – aún y así estaría eternamente condenado, y llegado el momento de expirar, iría al infierno sin remisión.
Aunque ese hombre haya vivido tal y como lo expuesto justo arriba, añadiendo a ello el haber sido fiel cumplidor de los mandamientos de una religión determinada, buscando a su manera y albedrío el agradar a su Dios; sacrificándose por los suyos, y aún por otros desconocidos – aún y con todo - estaría eternamente condenado, y llegado el momento de expirar, iría al infierno sin remisión.
Todavía podemos dar un tercer caso, el de un hombre creyente nominal que siempre ha ido a la iglesia cristiana, que periódicamente lee la Biblia y ora, que jamás dice palabras malsonantes, es servicial, está involucrado en diversas actividades evangelísticas, dando un testimonio cristiano más que aceptable, etc. etc. pero que jamás nació de nuevo verdaderamente (Jn. 3: 3); por lo tanto, ese hombre o mujer, estaría eternamente condenado, y llegado el momento de expirar, iría al infierno sin remisión.
Espero que este estudio nos ayude a comprender mejor, no sólo la realidad del hombre ante Dios, sino la respuesta de Dios al hombre; la única respuesta ante la siguiente gran pregunta:
“Si a pesar de todos mis esfuerzos, estoy condenado a pasar toda la eternidad en el infierno, ¿Cómo poder escapar de esa realidad, si es que hay manera?”
Esta pregunta, todo ser humano se la tendría que hacer, así como buscar la respuesta.

“La Biblia nos enseña cual es la voluntad de Dios”

1. Preludio

“Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender…” (1 Corintios 2: 14)
El hombre natural, es decir, el hombre sin Dios, no puede por él mismo entender y percatarse de las cosas de Dios. Vive conforme a la faceta natural, pero está muerto en cuanto a la percepción espiritual de Dios, y todo ello a causa de esa separación producida por el pecado.
El pecado causó separación del hombre respecto a Dios. El aceptar que lo que al hombre le separa de Dios es el pecado, es clave para proseguir en el entendimiento de toda esta cuestión.
¿Por qué el hombre natural está condenado, y desde cuando esto es así? Remontémonos al principio.
Cuando al sexto día Dios terminó Su creación (Génesis 2: 1), vio y consideró que todo lo que había hecho era bueno en gran manera (Génesis 1: 31). No había pecado, sino inocencia.
La muerte no existía. De hecho, no había enfermedades, ni catástrofes naturales, ni ningún tipo de deficiencia. El clima era ideal, y todo rebosaba vida y bien sobre la tierra.

“En el principio todo fue creado perfecto”
El hombre, fue creado por Dios a Su imagen y conforme a Su semejanza (Gn. 1: 26), para mantener una relación de amistad y amor con su Creador, y regirsobre lo que El había creado (Gen. 1: 28-30).
La responsabilidad de todo lo creado sobre la tierra estaba en las manos del hombre recién creado. Y así fue por pocos años (Gen. 1 y 2). Hasta que usando de su libre albedrío, tanto Eva como Adán prefirieron romper su relación con Dios al decidir creer las promesas mentirosas del diablo:
 “Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que el Señor había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios sabiendo el bien y el mal”  (Génesis 3: 1-4).
La decisión del hombre de creer al diablo antes que a Dios fue tomada en perfecto uso de su libertad, de su voluntad y conocimiento, por lo tanto había responsabilidad y consecuencias.
Esa decisión motivó la ruptura eterna de relación entre la criatura y su Creador. Por todo ello, la desobediencia de la mujer y luego la del hombre (Génesis 3: 6), desencadenó maldición. Esa maldición vino sobre toda la tierra hasta hoy…
“...maldita será la tierra por tu causa (la de Adán), con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra...” (Génesis 3: 17-19).
Al estar el hombre separado de Dios, la muerte entró en el mundo. No sólo la muerte del mismo hombre (Génesis 2: 17), sino la muerte de todo lo creado sobre la tierra. 
Esta caída en cuanto al hombre, hay que entenderla en toda su medida; significa: condenación eterna.

“El infierno es un lugar real y eterno adonde van todos los que se pierden”
El hombre se condenó a sí mismo al romper unilateralmente su vínculo con Dios su Creador, por pecar contra Él con conocimiento de causa.
Esta es la consecuencia del mal uso de la libertad y de la voluntad que le fueron otorgadas. Dice la Biblia:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5: 12)
“...la muerte entró por un hombre (Adán)...porque así como en Adán todos mueren...” (1 Corintios 15: 21, 22).
En su contexto general, el resultado de la desobediencia de Adán ha quedado más que patente a través de toda la historia de la humanidad: más pecado y maldad con sus consecuencias a priori y a posteriori: violencia, muerte, enfermedades, hambruna, desgracias, y un largo etcétera que todos conocemos tan bien.
A ese mal, habría que añadirle otro. A causa de la insaciable soberbia del ser humano alejado de Dios, el hombre busca el endiosarse. Aprovechándose de la vida que Dios le concede sobre esta tierra, el hombre sea abierta o calladamente, prescinde de Dios y se levanta en su espuria autosuficiencia con sumo descaro.
Pero el hombre no fue creado para ser un dios, y esto es lo que muchos irresponsables no entienden aún. El pretender ser dios de su vida, le lleva a una inexorable perdición, porque haciendo así, se cierra a sí mismo toda puerta a la humildad y humillación ante Dios, el Único que le puede salvar.
El hombre fue creado para vivir en dependencia de su Creador.
El hombre no puede tener vida en sí mismo. Sencillamente, no es así. El pretender esto, es dar la espalda a Dios el cual en Cristo es la vida (Jn. 14: 6; 1 Jn. 5: 12); y perderse para siempre.
El pecado de Adán trajo otra consecuencia añadida: el hombre ya no pudo, ni puede,  hacer nada por sí mismo para restaurar lo que él mismo rompió, y sigue rompiendo cada día.

“El hombre actual, por lo general, se cree auto suficiente respecto de Dios, por eso vive en un terrible y mortal engaño”

2. El hombre es básicamente malo

Todos los hombres fueron alejándose paulatinamente más y más de Dios, como consecuencia de su corazón no regenerado.
El hombre no es básicamente bueno, sino básicamente malo. El mismo Dios declaró: “...el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud...” (Génesis 8: 21). Esto quiere decir que desde que el ser humano tiene uso de razón, peca y es un pecador. Esta es la realidad. A pesar de lo que dicen ciertos incautos, la Biblia asegura:
Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque (Eclesiastés 7: 20). Prosigue diciendo: No hay justo, ni aun uno...por cuanto todos pecaron, están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3: 10, 23). 
Por contrapartida, toda religión sin Cristo, básicamente enseña que haciendo obras buenas más que malas, uno irá poco a poco regenerándose o salvándose, o como se le quiera decir, porque la balanza se inclinará más hacia el lado bueno. Esto no es más que una simpleza y error.
Imagínese que tiene en su mano una jarra de cristal llena de agua sucia, ¿Qué haría usted para que, en vez de tener esa agua sucia, pudiera contener agua limpia y cristalina que pudiera calmar su sed? ¿Añadiría agua limpia a la sucia? Estoy seguro que no haría eso. Añadir agua limpia al agua sucia, ¡sería de ignorantes! En todo caso, lo que haría sería vaciar la jarra, limpiarla, y entonces ya estaría preparada para ser rellenada de agua limpia. 
Por años hemos intentando añadir agua limpia, que simbolizaría nuestros pobres esfuerzos por hacer lo correcto, al agua sucia. ¡Al final no teníamos más que... más agua, y agua siempre sucia!
La Biblia, dice que las buenas obras sin un corazón regenerado, son ese intento de obtener agua limpia que calme la sed. Jamás ocurrirá.
La Biblia es muy clara ante ese intento de ser buena gente ante Dios, sin Dios, porque define nuestras justicias, ¡fíjense! como “trapos de inmundicia”:
“Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento” (Isaías 64:6).
Por eso, Salomón, inspirado por el Espíritu Santo llega a preguntarse: “¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?” (Proverbios 20: 9).
Y la respuesta a esta pregunta que se planteó el rey Salomón, es: nadie
Pero a pesar de la observación divina, muchos se creen justos en sí mismos, no obstante la Biblia, con nitidez, advierte: Todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión, pero Jehová pesa los espíritus” (Proverbios 16: 2).
¡El hombre no es un buen juez de sí mismo!
O bien para acallar su conciencia, o bien para sentirse mejor con sí mismos, los hombres intentan aplacar su conciencia a base de buenas obras, pero esas obras no son garantía de nada porque el problema del pecado del hombre estriba en su corazón.
El corazón es la clave. Hay que ir a la base del problema, y no perderse en las ramas.
Dice la Biblia: “Engañoso es el corazón, más que todas las cosas (Jeremías 17: 9).
El dictado del corazón no regenerado es engañoso.

“El hombre tiene un problema de corazón”
El corazón no regenerado es el resultado de la rebelión del hombre natural, del hombre sin Cristo. Ese corazón se levanta como enemigo de Dios.
Sólo Dios puede cambiar ese corazón y darnos el que Él tiene. Así oraba David cuando pecó contra Dios: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu nuevo dentro de mí” (Salmo 51: 10).
Es preciso que el corazón del hombre sea regenerado, porque el hombre tiene un verdadero problema de dureza de corazón.
Dijo Jesús: “Oí, y entended: No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre...lo que sale de la boca, del corazón sale...Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias...” (Mateo 15: 11, 18, 19).
El pecado es consecuencia directa de un corazón no regenerado, y ese pecado genera la muerte espiritual: Porque la paga del pecado es muerte...” (Romanos 6: 23).
A su vez, ese pecado origina la separación definitiva de Dios.
Cuando el hombre muere en ese estado, su destino final y eterno es el infierno.
El infierno es un lugar real de eterno tormento que Dios preparó para Satanás y sus demonios. También es el destino de todos los que mueren sin Cristo.
“...los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre...” (Apocalipsis 21: 8).
¿Quién condena realmente, el juez, o el que se condena por su acción?
Por otra parte, la dureza del corazón  del hombre sin Cristo atrae la justa ira de Dios:
“Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para tí mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Romanos 2: 5)
Algunas personas quieren evitar este punto diciendo que el amor de Dios cancela la ira. ¡El problema es que malentienden el amor de Dios!
Si prestamos cuidadosa atención a lo que dice este versículo que hemos leído, lo que vemos es que es el mismo pecador el que acumula o atesora ira para mismo. ¡El mismo hombre sin Cristo se autocondena!
Si un hombre comete un asesinato, ¿acusamos al juez por emitir un veredicto de condena? ¡No! Fue el asesino el responsable de su destino.
El asesino se condenó a sí mismo cuando cometió el asesinato; el juez sólo aplicó el código de justicia.  El Señor Jesús lo definió de manera clarísima, cuando dijo:
“Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Juan 3: 19, 20)
“… el que no cree, ya ha sido condenado…” (Juan 3: 18)
Es el amor por el mal (y a veces éste disfrazado de bondad y de altruismo), el que hace que las gentes se condenen a sí mismas. Por eso la Biblia dice que todos los que se aferran a su pecado, y aún lo justifican (porque en realidad lo aman), condenándose a sí mismos, son cegados definitivamente por el dios de este siglo, que es Satanás. (2 Co. 4: 3, 4)
Véase que creer no significa solamente aceptar tácitamente la verdad en la mente, sino ponerse verdaderamente de acuerdo con Dios.

3. La Respuesta de Dios

Si Dios, el Creador hubiera sido un Dios meramente justo, nadie tendría la más mínima posibilidad de salvarse. Por justicia, todos merecíamos esa condenación.
¡Si no hubiera Dios hecho algo, el hombre estaría irremisiblemente perdido para siempre!, pero Dios ideó un plan para salvar a los hombres desde antes de la fundación del mundo. La iniciativa siempre es de Dios.
El motivo de hacer así: sencillamente por amor.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”(Juan 3: 16, 17)
Así pues, ante aquella pregunta que todo hombre sobre la tierra debería hacerse – recordemos:
“Si a pesar de todos mis esfuerzos, estoy condenado a pasar toda la eternidad en el infierno, ¿Cómo poder escapar de esa realidad, si es que hay manera?”
La respuesta de Dios es Jesucristo. Sólo Jesucristo es la puerta de escape de esa condenación segura. Él mismo lo dijo: Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos” (Juan 10: 9)
“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí (Juan 14: 6)
Jesucristo, “y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hchs. 4: 12)

“El corazón del hombre sin Cristo está cargadito de pecados”
“El antídoto del pecado es la cruz, aplicada al corazón del hombre. Sin la cruz, no hay salvación”
A. ¿Cómo recibir la salvación a través de Cristo?
Todas las religiones humanas, básicamente enseñan que el hombre es el que debe alcanzar, sea a Dios, o el Nirvana, o el Paraíso, etc. es decir, que el hombre tiene que hacer el imposible intento de salvarse a sí mismo, pero la gran noticia es esta:
“No, que nosotros podamos alcanzar a Dios; sino que Dios nos alcanza a nosotros por medio de Jesucristo: Dios llega al hombre porque el hombre no puede llegar a Dios. Por eso, Jesucristo hombre es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Tim. 2: 5, 6)”.
Jesucristo bajó del cielo, dejando su gloria atrás, y vino a la tierra en el cumplimiento del tiempo, cuando el Padre le envió, naciendo de mujer (Gl. 4: 4).
Él se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil. 2: 7, 8).
Todo pecador, por la ley, debía morir a causa de sus propios pecados; por lo tanto ningún pecador podía morir por otro pecador; sólo Cristo, por no tener pecado, podía morir por todos nosotros, pecadores.
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios(1 Pedro 3: 18).
No todos le recibieron, pero a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio, y les da potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12), porque Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados (2 Corintios 5: 19)
Por eso el mandato divino es este: ¡Reconcíliese con Dios! Ya que al que no conoció pecado – es decir, Cristo - por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él (2 Co. 5: 20, 21). Es decir, el pagó el precio de nuestro pecado y consiguiente condenación, en la cruz.
Pero como la muerte no le pudo retener, Él resucitó de los muertos por la gloria del Padre, para que así también nosotros andemos en vida nueva (Hchs. 2: 24; Ro. 6: 4)
Por ello la respuesta de Dios la podemos resumir con la siguiente declaración escritural:
El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna…” (1 Juan 5: 12, 13)
Lo que separa al hombre pecador de Dios es su pecado que le arrastra irremisiblemente a la muerte eterna. Pero Cristo entregó su propia vida, su propia sangre como suficiente pago para librarnos de esa condenación. El es nuestro único sustituto.
Cristo cumplió toda la demanda de justicia de la Ley de Dios en la cruz del Calvario. Recibiéndole, recibimos Su justicia, Su perdón y Su paz (Ro. 5: 1)
Muchos creen eso de forma teórica, pero jamás han dado el verdadero paso de arrepentirse de sus pecados. Entonces ese sacrificio de Cristo no puede actuar a favor de ese pecador impenitente.
Cuando la Biblia dice que por gracia somos salvos, por medio de la fe (Ef. 2: 8), eso significa que debemos obedecer al precepto bíblico y al Espíritu Santo, que nos lleva a dolernos por nuestra vida pecaminosa, y a renunciar a vivir así, apartándonos de ese mal, para vivir conforme a Dios. Esto significa arrepentirse.
Así que recibir a Cristo, no es sólo un mero trámite mental o religioso, sino un verdadero trámite espiritual y de fe auténtica. La obra de esa fe (Sgo. 2: 17) es el quebrantarnos delante de Dios, asumiendo en Su temor toda nuestra responsabilidad ante Él, y esperando solamente en Su misericordia, creyendo que lo que Él ha dicho es verdad: que hay perdón, restauración y vida eterna en Cristo Jesús, y por esa fe, recibir esa salvación (Ef. 2: 8, 9), creyendo.
“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28).
Si usted, querido lector, todavía no se ha reconciliado con Dios, el siguiente, es un modelo de oración que le puede ser útil, si lo hace con fe y verdad ante Dios:
“Señor Dios, me dirijo a ti una vez y por todas, para reconocer que he sido un pecador toda mi vida desde que me acuerdo, y realmente sólo he vivido a mi modo, egoístamente.
Sin ocultar nada, quiero decirte que hoy me arrepiento de todos y cada uno de mis pecados, y renuncio a todos ellos. Renuncio a vivir mi vida según yo mismo, para vivir mi vida conforme a Ti.
Por ello pongo mi vida ante ti para que tú dispongas de ella. ¡Me rindo ante ti!
Te pido perdón por toda ofensa, y te entrego todo lo que soy, esperando en tu misericordia.
Declaro que creo en Jesucristo Tu Hijo, y conforme a tu Palabra, le recibo en mi vida como mi Salvador personal y mi Señor; y con Él, el Espíritu Santo y el don de la vida eterna. Gracias por tu amor y tu salvación; te amo, Padre. En el nombre de Jesús. Amén”.
Viva conforme a esa declaración de fe, e inmediatamente busque una iglesia evangélica, donde le puedan ayudar, enseñándole la Palabra de Dios, y ore a Dios y lea la Biblia todos los días. Gracias por atender.

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